La frase del título, atribuida al filósofo William James, refleja su vida y carrera. Nacido en Nueva York, James creció en una acomodada familia, dedicada a actividades de tipo intelectual. Su padre fue un teólogo célebre por su excentricidad, y su hermano Henry se convirtió en un renombrado escritor. Junto a su familia, pasó varios años de su infancia en Europa, donde cultivó una afición a la pintura, pero a los 19 años la abandonó para estudiar ciencias. Sus estudios en la Escuela de Medicina de Harvard se vieron truncados por la mala salud y depresión, las cuales le impedirían la práctica de la medicina; aun así, logró licenciarse, y en 1872 ocupó un puesto docente en fisiología en la Universidad de Harvard. Su creciente interés por los temas psicológicos y filosóficos dio frutos en publicaciones aclamadas, y en 1880 la misma universidad le otorgó una catedra de filosofía. Allí enseñaría hasta su jubilación en 1907.
VERDAD Y UTILIDAD.

Para James, la verdad de una idea no depende de su utilidad, es decir, de que sea apta o no para lo que de ella se espera. Cuando una idea no contradice los hechos conocidos -como las leyes de la ciencia- y ofrece un medio para predecir las cosas con precisión suficiente para nuestros objetivos, no hay razón para no considerarla cierta. Esta concepción de la verdad no sólo la distingue de los hechos, además movió a James a afirmar que la verdad de una idea no es una propiedad inherente y estancada de la idea, es decir, la verdad es algo que les ocurre a las ideas, que se tornan ciertas, a las que los acontecimientos hacen ciertas. Para entenderlo mejor, observemos la siguiente imagen:
EL DERECHO A CREER.
Sería útil que cada vez que quisiéramos asentar una nueva creencia contáramos con todas las pruebas disponibles y el tiempo suficiente para tomar una decisión ponderada, pero por lo general la vida nos niega ese lujo. O no hay tiempo suficiente para examinar los datos conocidos, o bien no tenemos bastantes pruebas y nos vemos obligados de tomar una decisión. Debemos basarnos en nuestras creencias para guiar nuestras acciones, en tal caso; James dice que “tenemos el derecho a creer” James ilustra esto con el ejemplo de un hombre perdido y hambriento en el bosque: cuando vea un camino, es importante que crea que le permitirá salir de allí y llegar a un lugar habitado, pues si no lo cree no lo tomará, y seguirá perdido y hambriento. Si lo toma, en cambio se salvará. Al actuar de acuerdo con la idea de que el camino le llevará a un lugar seguro, la idea se vuelve cierta. Así, nuestros actos y decisiones hacen que nuestra creencia en una idea se torne cierta, y este es el sentido de su famosa frase “actúa como si tus actos hicieran la diferencia” a la que añadía la concisa y característica coletilla: “la hacen”.

Debemos, sin embargo, considerar dicha idea con cautela: una interpretación superficial de lo que James sostiene podría dar la impresión de que cualquiera creencia es cierta, incluso si resulta ser una estafa. Hay ciertas condiciones que debe cumplir una idea antes de que pueda tenerse por creencia justificable:
- Debe contar con pruebas a su favor.
- Debe poder resistir la crítica.
En el proceso de actuar partiendo de una creencia determinada, esta debe justificarse continuamente por medio de su utilidad a la hora de incrementar nuestro conocimiento o predecir resultados, aún así, solo en retrospectiva podremos afirmar con seguridad que la creencia se ha hecho de verdadera por actuar basándose en ella.
LA REALIDAD COMO PROCESO
James, además de filosofo, era psicólogo, y contemplaba las implicaciones de sus ideas en términos de psicología humana tanto como teoría del conocimiento. Reconocía por ello la necesidad de tener determinadas creencias, en particular las religiosas. Aunque opinara que la creencia en un dios no es justificable como hecho, sí resulta útil para el creyente si le permite vivir una vida más plena o superar el miedo a la muerte. Una vida más plena o el no temer a la muerte, se vuelven cosas ciertas como resultado de una creencia y de las decisiones y actos basados en la misma.

La creencia religiosa puede producir cambios extraordinarios en la vida de las personas, tales como la sanación en lugares de peregrinaje. Esto ocurre con independencia de que exista o no un dios.
Junto con su noción pragmática de la verdad, y en estrecha relación con ella, William James propone un tipo de metafísica al que llama, “empirismo radical”. Este enfoque toma la realidad por un proceso dinámico y activo, al igual que la verdad. Como los empiristas tradicionales precedentes, James rechaza la idea racionalista de que al mundo cambiante sea de alguna manera irreal, pero va más allá al afirmar que “para el pragmatismo la realidad está aún haciéndose”, así como la verdad se la hace ocurrir continuamente.
CONCLUSIÓN
En resumen, la filosofía de William James nos invita a actuar con la convicción de que nuestras acciones pueden marcar la diferencia. Su enfoque pragmático de la verdad y la creencia subraya la importancia de la utilidad y la experiencia personal en la formación de nuestras ideas y decisiones. Al considerar la verdad como un proceso dinámico y en constante evolución, James nos anima a adoptar creencias que, aunque no siempre puedan ser justificadas como hechos, nos permitan vivir vidas más plenas y significativas. En última instancia, su mensaje es claro: nuestras acciones y creencias tienen el poder de transformar nuestra realidad y darle sentido a nuestra existencia.
AUTOR: SR.COBOS